En un país libre de miedo seríamos menos ansiosos y más creativos.
Si la guerra en Colombia se acabara, reduciríamos los niveles de ansiedad y estrés, podríamos dedicarnos más a la producción y a la creación, reorientaríamos los recursos de la sociedad, seríamos más abiertos al pensamiento y más felices, y nos apropiaríamos más de nuestro territorio.
Eso creen sociólogos, semiólogos, antropólogos, psiquiatras, filósofos y politólogos consultados por EL TIEMPO, que hicieron el ejercicio de pensar qué cambiaría en el imaginario del colombiano y en la sociedad si la guerra llegara a su fin.
Coinciden en que llegar a la paz por la vía del diálogo sería la semilla de una pedagogía social que desencadenaría una profunda transformación de actitud frente a la violencia. "Son 70 años escuchando que los problemas y las diferencias se solucionan con guerra y violencia. Eso termina impactando la vida cotidiana y creando el imaginario de que el mundo es de los fuertes", dijo Carlos Eduardo Martínez, director de la Escuela de Paz y Desarrollo, de la Corporación Universitaria Minuto de Dios (Uniminuto).
Si se cosechara la oportunidad histórica de llegar a la paz, los frutos se verían en casa. Por ejemplo, a largo plazo podría sepultarse la idea de que "el maltrato de los hijos no es violencia, sino educación", agregó Martínez.
Así mismo, de acuerdo con Camilo Azcárate, gerente de servicios de mediación del Banco Mundial, podría esperarse que "se redujera la hostilidad de un colombiano promedio hacia aquellos que piensan políticamente diferente".
En últimas, lo que podría ocurrir, según los expertos, es la humanización del otro, la capacidad para ponerse en sus zapatos y descubrir sus verdades. "Hay una relación directa entre exclusión moral y escalamiento de la violencia. Si esta disminuye, la frontera psicológica de la justicia se amplía", añadió Azcárate.
También podrían transformarse los imaginarios frente "a lo bueno y lo malo, lo justo, lo ético, lo posible, sobre el Estado y los ciudadanos", como lo refirió la trabajadora social Martha Nubia Bello, del Centro de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación.
Usaríamos otro lenguaje; no cabría el guerrerista 'está conmigo o está contra mí', tan cotidiano. Se renovarían los discursos, como "el de la conciliación y el diálogo dentro de la sociedad", dijo Juan Carlos Henao, rector de la Universidad Externado.
En ese sentido, como anotó Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), recuperaríamos "la confianza en el prójimo, dejando la paranoia de inventarnos al otro como enemigo".
Las agendas nacionales también cambiarían. "Podríamos desplazarlas hacia temas que son clásicos en las sociedades contemporáneas: lo social, el desarrollo, la justicia, los partidos políticos. Colombia ha estado tan maniatada por la guerra que la sociedad civil se ha inmovilizado", afirmó Jorge Giraldo, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de Eafit.
En el mundo interior
Sin guerra, habría más espacio para la autocrítica. La mirada del colombiano, en la que "pesaría más el futuro que el pasado" y "construir más que reconstruir", en palabras de Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica, podría volverse hacia sí misma y hacia su papel en tiempos de guerra, lo que, según el sociólogo Gabriel Restrepo, lo llevaría a una crisis interior. "Pagaríamos escondederos a peso después de entender que la violencia no estaba lejos, sino que se genera desde nosotros mismos, en la casa y la calle. Nos daríamos cuenta de que somos analfabetas en la formación de la ciudadanía, en desarrollo de la solidaridad y conciudadanía, y en ética pública y privada para la resolución de las diferencias", afirmó.
Pero hay quienes piensan que lograr la paz mejoraría nuestra autoestima, como el escritor Jorge Franco, autor de la exitosa novela sobre sicarios Rosario Tijeras. "Sería un problema menos, aunque otros, relacionados con la violencia, seguirán: la presencia activa del narcotráfico, sumada a la desigualdad social y a la inatacable corrupción".
Si nos llevaran al diván, quizás descubrirían que, como lo prevé el psicoanalista Ariel Alarcón, habrá bajado nuestro nivel de ansiedad y "seríamos, en términos freudianos, menos tánatos y más eros: menos agresivos y destructivos, y más creativos"; dicho de otro modo, seríamos "menos esquizoparanoides (en ataque y huida) y más 'depresivos' (tranquilos y calmados, y alejados de la idea de que nos van a atacar)".
Y dejaríamos de sentir tanto miedo. Eso piensa el semiólogo Armando Silva, que usa como ejemplo a las Farc. "Son nuestro coco. Están metidas en nuestra mente como la representación del terror y la desgracia, y como la negación del paraíso", dijo.
Si desapareciera el factor guerra, nos olvidaríamos de la idea errónea de que somos violentos por naturaleza, que ha hecho escuela en el imaginario de los colombianos. "No somos mejores ni peores por los genes, pero podemos ser mejores o peores por la historia", aclaró el genetista Emilio Yunis refiriéndose a cómo naciones que se suponían incorregiblemente violentas, como Alemania después de la Segunda Guerra, pueden reorientar su camino.
Finalmente, podríamos recuperar la cotidianidad perdida. "Este ejercicio lo podríamos cargar de sueños: que los niños pudieran salir tranquilamente al parque o que uno pudiera navegar los ríos sin temor. Imaginemos que después de 40 años uno se despierta con la noticia de que hay paz, y cómo no ser optimista, si de los que estamos vivos quién la ha conocido", se preguntó Sánchez, líder del proceso de reconstrucción de la memoria de las víctimas del conflicto colombiano.
Reflexión de Daniel Pécaut
"No dejaría de ser prematuro decir lo que sería una sociedad colombiana en paz. El proceso de negociación puede ser muy demorado, con altibajos. La guerrilla no es el único actor de la violencia en la actualidad. No hay que olvidar que el narcotráfico ha estado en el trasfondo de la conformación de una multiplicidad de organizaciones violentas, que ha permeado muchos sectores de la sociedad y favorecido la corrupción, así como el desdibujamiento entre la legalidad y la ilegalidad. Un acuerdo político con las guerrillas sería un acontecimiento de enorme importancia, pero no se puede tener la ilusión de que por sí solo pondría fin al conjunto de los fenómenos de la violencia."
Daniel Pécaut es un reconocido sociólogo francés, conocedor como pocos del conflicto colombiano.
Concretar el perdón
Juan Carlos Henao, rector de la Universidad Externado, señaló que si superáramos la guerra tendríamos la posibilidad de "concretar el perdón, pero con elementos de justicia, que es para donde va este proceso".
A lo que Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica, agrega: "No se pueden cerrar los ojos a las huellas que dejó la guerra. Las tareas con las víctimas van a durar mucho.
Eso le va a exigir sacrificios a la sociedad. Tendremos que sostener cargas nuevas".
Habrá, por ejemplo, que crear lugares que sirvan como símbolo de la barbarie. "Que en el futuro un colombiano pueda ir a un lugar y entender qué pasó allí", concluyó Camilo Azcárate, gerente de servicios de mediación del Banco Mundial.
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