Román Ortiz dice que el país no se arreglará mágicamente con la paz.
¿Qué quieren las Farc?
Las Farc quieren el poder claramente. La gran pregunta de la negociación es si van a optar por, digamos, someterse a las instituciones y a las reglas de juego democráticas.
¿Cómo le parecen los negociadores de las Farc? Sacaron a los combatientes y quedaron los ideólogos. ¿Eso es bueno o malo?
Siempre es mucho mejor una negociación en la que los que se sienten a la mesa sean los combatientes en lugar de los ideólogos. Los combatientes tienen una visión más directa de lo que pasa en el campo de batalla, de los costos que implica la violencia, y en consecuencia ellos son mucho más pragmáticos. Los ideólogos, y aquí hay que meter a personas como 'Iván Márquez', por ejemplo, tienen planteamientos más rígidos porque no viven cotidianamente los costos de la violencia. Tienen una visión más doctrinaria, más rígida, y es más difícil alcanzar puntos de acuerdo con ellos. En consecuencia, negociar con ideólogos, o con lo que algunos analistas llaman 'el ala política', es mucho más complejo que sentarse a negociar con comandantes o líderes militares.
¿Qué tan válida es la agenda que llevan a la mesa de negociación?
Uno de los temas claves es la política agraria. Pero resulta que ninguno de los que se va a sentar alrededor de la mesa es campesino. Todos son radicales políticos, y algunos de ellos incluso pasaron por la universidad. Para hacer una comparación, las Farc no son el Vietcong, son más bien como las Brigadas Rojas italianas. Además, muchos de los principales líderes viven fuera. Desde allá la guerra es una cosa muy cómoda, mientras que los que están dentro saben que el hecho de que se les ubique o se les dé de baja es estrictamente un problema de tiempo. Esta es la crueldad del juego.
¿Cómo así crueldad del juego?
Tenemos a un grupo pequeño de radicales de origen urbano que, apoyándose en el aislamiento de ciertas comunidades rurales, o ayudado del narcotráfico o vendiendo un mensaje radical, ha movilizado a un número de campesinos con muy poca información política que son, en realidad, los que les hacen el trabajo riesgoso del terrorismo en Colombia. Cada vez la fuerza pública es más efectiva. Esa es la crueldad del juego a la que me refiero.
¿Qué cree de la hoja de ruta de la negociación que nos dieron a conocer?
Que ese papel significa cosas distintas para un lado y para otro de la mesa. Para el gobierno es básicamente el máximo que está dispuesto a conceder. Por el lado de las Farc, fue muy interesante que 'Timochenko', en su famoso video sobre anuncio de las conversaciones, le pusiera mucha más atención a la introducción del documento que al contenido. Porque en la introducción se han puesto todas esas ideas genéricas vagas y absolutamente maximalistas e impracticables que les gustan a las Farc. Allí se habla de que la paz va a estar basada en la justicia, en la protección del medio ambiente y en una serie de ideas muy genéricas que permiten hablar de cualquier cosa. Mientras que los contenidos más concretos están más adelante, y por eso les prestan mucho menos atención.
¿Qué posibilidades tiene un cese del fuego a corto plazo?
Hay una cosa muy interesante y es que durante algunas de las intervenciones públicas, miembros de las Farc han mencionado el cese del fuego con el argumento de que ya consiguieron que se incluyera en las conversaciones la política agraria. Ven eso como el punto de partida para ir luego ampliando la agenda.
¿Es esa una ventaja sobre negociaciones anteriores con las Farc? Bajo el gobierno Pastrana no hubo cese del fuego sino una tramposa zona de distensión...
Claro, claro. Dentro de la zona de despeje no había guerra. Las Farc desde muy pronto cambiaron la naturaleza de la zona de despeje y fue muy grave, porque inicialmente era la zona de las conversaciones que debía de ser una zona neutra, pero las Farc la convirtieron en un portaaviones en el centro de Colombia, para continuar haciendo grandes operaciones que no hubiesen podido hacer sin esa zona de refugio.
¿Ahora ve más realismo?
Desde luego. El Gobierno dice que no se puede hacer el cese del fuego, primero que todo porque resulta inverificable un cese de operaciones de la guerrilla. Tiene estructuras clandestinas muy extensas. El Presidente tiene que aprender del pasado, y esta es una lección muy interesante.
¿Qué lección nos quedó del ensayo bajo el gobierno Betancur?
Precisamente esa: que el cese del fuego no funciona. El expresidente Belisario Betancur hizo cese del fuego, paró las operaciones militares, pero la guerrilla no hizo lo propio.
¿Cuál sería la lección del ensayo de Caracas y Tlaxcala bajo el gobierno Gaviria?
Probablemente, el enorme radicalismo de las Farc. Una cosa muy preocupante, cuando se centra en un proceso de estas características, es la manera como se mira la naturaleza de la violencia política. Para muchos analistas, la violencia en Colombia es producto de un 'malentendido', en el sentido de que no hemos sido capaces de encontrar el lenguaje adecuado y la propuesta correcta para que las Farc abandonen la violencia. Pero en la medida en que las Farc decidieron no participar en el proceso de la Constituyente, al que fueron invitados por el gobierno Gaviria, terminaron apostando definitivamente por la guerra. Demostraron una posición extraordinariamente radical que no tiene nada que ver con los intereses de mejorar la política social, de abrir más espacios de participación democrática, sino con construir un modelo político autoritario con unos cortes colectivistas muy fuertes.
¿O sea que el origen de la violencia no es fruto de un supuesto 'malentendido'?
No. Ni de no encontrar el camino del medio. Ellos tienen un proyecto para imponer ese modelo, y es ahí donde está el punto del conflicto. Es ahí donde se origina la violencia. Ellos saben que no pueden imponer ese proyecto ideológico de ninguna otra forma. Por eso, de alguna manera, la pelota está ahora en el campo de las Farc. Veremos si la juegan con la convicción de que la violencia no es un camino legítimo para imponer un proyecto ideológico y que hay que someterlo a las reglas de la democracia.
¿Y cuál lección nos deja el tercer experimento, bajo el gobierno Pastrana?
Obviamente, la del error de haber aceptado una zona de distensión. Pero además, haber concedido la tesis de que la violencia era producto de esa especie de malentendido histórico. La realidad es que tenemos delante a un grupo terrorista que utiliza la violencia para imponer un proyecto ideológico.
¿Es exagerado decir que muchas de las pretensiones de las Farc están contenidas en el programa del gobierno Santos?
Si las Farc son razonables y renuncian al programa ideológico más radical, eso podría ser cierto. Lo que uno se pregunta es si ellos no tienen unas visiones mucho más extremas. No me imagino a las Farc defendiendo la restitución de tierras, porque finalmente también han robado tierras en buena parte del país, y han desplazado a miles de campesinos. En ese sentido su comportamiento es paralelo al de los paramilitares. Lo que pasa es que la visibilidad de las víctimas de las Farc ha sido más pequeña.
Eso es cierto. ¿Cómo se explica?
Por dos razones. Primero, porque las víctimas de las Auc se organizaron más. Segundo, porque las Farc han operado en las zonas más remotas del país, y eso ha hecho que ese proceso pase más por debajo del radar.
¿Pensar que esto va a terminar en un grupo disgregado de bandas de delincuencia común, como pasó con las autodefensas y las 'bacrim', es muy pesimista?
Aquí hay que eliminar el maximalismo del proceso en los dos extremos. Me parece que la política del Gobierno ha sido muy inteligente porque cierra espacios para continuar manteniendo el mismo discurso reivindicativo. El Estado está haciendo muchas cosas, en términos de lucha contra la pobreza, de restitución de tierras, de titulación de tierras, de atención a las víctimas... Pero hay sectores de las Farc que tienen planteamientos ideológicos mucho más radicales que la agenda de restitución o de atención de víctimas (entre otras porque para las Farc solo hay una clase de víctimas). Sectores ultrarradicales que no están dispuestos a pactar por nada. Y hay otro sector: el de unos señores que están metidos en el narcotráfico hasta unos niveles insostenibles y que son adictos a la violencia porque eso les proporciona réditos económicos.
Por eso le repito la pregunta. ¿Esto sí va para algún lado?
Desde luego que un acuerdo con las Farc es muy valioso, por dos razones. Uno, porque saca un grupo de personas de la violencia y sin necesidad de seguir haciendo uso de la fuerza. Dos, porque el Estado colombiano va a quedar definitivamente legitimado por si acaso había alguna duda de que lo que está combatiendo es a un grupo terrorista.
¿Por qué podría interesarles ese acuerdo a las Farc?
De alguna manera este es el último tren. Seguramente no vendrá otro ni a mediano plazo. Fue lo que pasó en Europa con los grupos terroristas.
¿Qué posibilidades tienen las Farc de cosechar en la arena política legal?
Los grupos armados tienen unas ideas muy complicadas que en la política legal nunca son exitosas, porque cargan con todo ese pasado violento.
No lo dirá por la elección del alcalde de Bogotá...
El alcalde de Bogotá hace mucho tiempo que se reintegró a la legalidad. Han pasado 20 años.
¿En definitiva, debemos ser optimistas o pesimistas?
Diría que hay que bajarles un poco a las expectativas de paz. Al fin y al cabo, después de que haya paz vamos a seguir necesitando fuerzas militares, presupuesto de defensa, una policía efectiva, control de fronteras, control territorial... El país no se va a arreglar mágicamente porque haya paz. Van a seguir existiendo los pobres, y seguiremos lamentando la ausencia del Estado y añorando su modernización. A la paz hay que descargarle la fórmula mágica que se le atribuye. Hay que bajarle a la carga emocional que lleva la palabra y poner las cosas en su justo término.
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