Contrario a lo que se cree, no siempre hemos vivido en conflicto. También hubo paz.
Como cualquier sociedad, la colombiana ha padecido diversas formas de violencia. Pero a diferencia de otras naciones, los colombianos tenemos la idea de que nos hallamos en una sin salida; que la nuestra es una desgracia que se repite eternamente y que la violencia es un sino histórico, presente desde nuestros orígenes. Nada más alejado de la realidad. Han sido muchos los tiempos en que la paz ha reinado en el territorio nacional.
Es un error generalizar y, tanto en el siglo XIX como en el XX, no hubo una simultaneidad de hechos violentos ni en el tiempo ni en el espacio nacional. Incluso, en nuestra historia republicana, cuando las guerras civiles, revueltas, motines y asonadas fueron frecuentes, los enfrentamientos no tuvieron cubrimiento nacional y no duraron mucho, con excepción de la Guerra de los Supremos (1839-1842) y la Guerra de los Mil Días (1899-1902): las guerras civiles tuvieron como principales escenarios al gran Cauca, el Valle, los Santanderes y el sur de Antioquia, y mientras se combatía en una región, el resto del territorio se encontraba en paz.
En las primeras tres décadas del siglo XX (1900-1930), el país comenzó a despegarse del atraso del siglo XIX. La paz, que reinaba en la mayor parte del territorio, hacía sentir que las guerras habían quedado en el pasado y la idea de progreso, tan elusiva en la anterior centuria, comenzó a volverse realidad.
Durante ese tiempo, Colombia vivió su mayor momento de crecimiento y transformación. Con la expansión cafetera, el país experimentó una amplia urbanización expresada en el crecimiento de las ciudades y en el surgimiento de nuevos centros urbanos. Los años veinte, financiados por el auge económico, el crédito externo y la indemnización de Panamá, impulsaron un programa de obras públicas, desde carreteras y ferrocarriles, hasta acueductos y alcantarillados.
La vida urbana empezó a diversificarse con la definición de clases sociales, el surgimiento de la industria, y a separarse del campo gracias a la progresiva tecnificación de la agricultura. La música, la literatura o la poesía encuentran en los fenómenos urbanos motivos de inspiración, y surgen el cine y la radio como nuevos medios de comunicación.
Esta expansión sosegó a la sociedad, que aplazó las luchas políticas hasta los treinta, cuando la crisis económica frenó su auge. De forma abrupta el país sintió que la modernización de las décadas anteriores tenía limitaciones de inclusión social y que carecía de un proyecto de modernidad; que no se había establecido una identidad cívica ni un orden moral de amplia aceptación, ni construir una democracia incluyente. Y no demoraron en surgir manifestaciones de violencia. Precisamente, en lugares de reciente colonización: las regiones cafeteras.
Aún así, en el momento de mayor expresión de la Violencia de mediados del siglo XX, los enfrentamientos no cubrieron todo el país. Mientras que Antioquia, Caldas, Valle, Tolima, los Santanderes y los Llanos se encontraban en medio de esta guerra civil no declarada, la Costa Caribe, por ejemplo, estaba en paz. Otras regiones y muchas ciudades no padecieron su flagelo.
Sin embargo, se construyó el mito de que la sociedad colombiana es violenta y está empantanada en la maldición de la repetición. Los distintos bandos del conflicto actual usan la bandera, la figura de Bolívar, de Camilo Torres, de Gaitán y de Galán como símbolos, y contribuyen a crear una representación de la historia de sucesivos fracasos. Justifican así la violencia del siglo XXI.
El devenir histórico no incluyó una concepción del tiempo que permitiera definir una historia nacional donde sus logros se vieran como avances y no como decepciones. Pareciera que la ficción de Cien años de soledad, con su idea de repetición debiera ser nuestra condena.
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