lunes, 1 de octubre de 2012

La novela épica del Biblioburro y su amo


El profesor Luis Soriano prefirió que le amputaran una pierna a dejar de lado su labor educativa.

En junio le amputaron una pierna al profesor Luis Humberto Soriano. Meses antes, cojeaba, pero no revelaba dolor alguno. Les sonreía a los niños que se encaramaban en el burro cargado de libros que lo hizo célebre como el profesor del Biblioburro, contaba chistes y hasta bailaba.
Perder la pierna pudo ser el fin del Biblioburro. Pero Soriano está hecho de otra materia, "Estoy feliz, haciendo mi trabajo. Estoy con los niños, trabajamos con dos tabletas electrónicas que enviaron amigos de Estados Unidos que oyeron la idea de una biblioteca virtual", cuenta
Soriano solía repetir que al Biblioburro le faltaba tecnología, para que los niños de las veredas del Magdalena se abrieran al mundo. Pero, callaba sobre el dolor detrás de su cojera, que le subió del pie a la cabeza, que se ensañaba en las noches, al acostarse con la pierna hinchada. "Las amarguras quedaban en casa, solo las conocían mi esposa y mis hijos", relata.
En noviembre del año pasado, Soriano iba con sus burros -Alfa y Beto- por la vereda Monterrojo. Llovía. "El burro que montaba saltó y salí disparado. Caí delante de él, me pisó el pie. Dejó una laceración. Por ahí entró un hongo; no me hizo úlcera, pero dolía".
Pero Soriano siguió fomentando la lectura. A diario recorría entre 7 y 8 kilómetros en burro, tenía que bajarse a abrir portones, caminar en las poblaciones. De noche, el dolor lo hizo imaginar lo peor: "Pensé que tenía cáncer. En abril, el doctor me dijo: 'Es osteomielitis' ". Y le dio tres opciones: dos eran tratamientos largos; la tercera, la amputación con una recuperación de dos meses. "No lo dudé -cuenta-. Pensé: mi vida se acaba acostado. Escogí entre una convalecencia de 60 días y otra de tres o cuatro meses hospitalizado con herida abierta, que no me parecía digna".
Al saberlo, las amigas lloraron y los hermanos hablaron de hacerle velorio a esa parte suya que iba a morir. Él, en cambio, lo vio como algo normal: "El médico Ariel González me dijo: 'Soriano, tu pierna se va y tú vas a descansar'. Pensé lo mismo".
Tardó en ir al médico porque su vocación educativa es prioridad. "Seguí andando con la pierna así y sigo ahora porque vine a la Tierra a servirles a los pequeños ciudadanos; es mi misión. Estar enfermo no impedirá que siga imaginando, que sea feliz y que haga felices a los demás. Por eso, ignoré los dolores hasta que el Acetaminofén dejó de hacerme efecto".
La amputación fue el 5 de junio, en Barranquilla, en la Clínica General del Norte. Su primera sensación fue la de irse de medio lado. "Me dolían los dedos del pie, aunque no tenía pie. El médico me dijo que era normal y ya pasó". A los tres días se fue para su casa, a los 20 le quitaron los puntos, el mes pasado ya tenía una prótesis, regalo de otros amigos, esta vez de Medellín.
"No tengo riesgo de infección. Por eso fui a Chile hace poco para presentarles el Biblioburro a otros bibliotecarios del mundo". Soriano volvió a las veredas hace tres semanas. Al verlo se extrañan: "¿No te habían amputado?", preguntan. "Se me pasaron las amarguras -dice-. Antes me entristecía no poder bañarme en los aguaceros, ahora le estoy pidiendo uno a Dios. No me duele. Lo demás es normal, no me afecta ser un amputado más en Colombia".


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