Al entrar a la casa, el olor putrefacto 'pateó' a Manuel. Los cuerpos sin vida de un hombre y una mujer yacían en la sala. La escena era similar a la de una película de terror al hallar en otra habitación los cuerpos de tres menores, entre ellos, un bebé de cinco meses. Todos fueron degollados.
La masacre de esta familia, ocurrida hace 12 años en el municipio de San Francisco (Cundinamarca), es un caso, entre muchos otros, que impactó al investigador del CTI Manuel Antonio Rocha y que lo motivó a hacer un libro en el que plasma el perfil genético del asesino.
Son 18 años en los que 'Manolo', como le dicen sus compañeros de trabajo, ha estado trajinando para dar con el paradero de peligrosos criminales, violadores, sicópatas y malandrines de poca y alta estirpe.
La experiencia en este campo no deja de asombrarlo y sus casos van desde el simple ladronzuelo hasta el más astuto, educado, frío, calculador, carismático y culto de los delincuentes.
"El asesino nace y la sociedad se encarga de perfeccionarlo", dice Rocha, tras argumentar que "los genes cargan el peso de lo que cada persona es y cómo se comporta".
En otro de los casos a su cargo, el investigador recuerda el de un campesino que abusaba de sus cinco hijas, relaciones incestuosas que arrojaron frutos y que el abusador veía como algo normal.
"Son personas manipuladoras, con pasados tormentosos, faltas de afecto e inestables emocionalmente", afirma Rocha. Y es que el comportamiento humano es tan indescifrable "que uno mismo no termina por conocerse", dice.
Sus teorías también las basa en el entorno social, la falta de oportunidades, clase social, cultural y hasta religiosa. "No siempre el más feo es el asesino y tampoco el más pobre es el que roba", acota el investigador de 46 años.
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