Un hombre viene corriendo a lo largo de la calle polvorienta. Aunque la brisa de la ciénaga sopla desde la lejanía, el carrerón lo fatiga porque es bastante mayor. Debe andar por los 80 años. Lleva una boleta blanca en la mano. Corre hasta donde le dan las fuerzas y su edad se lo permite Niña Ele, espéreme –grita el hombre, jadeando, mientras agita el papel en el aire–. Espéreme, niña Elenita.
Elena Mogollón, alta y resuelta, se detiene en seco ante los gritos. Resollando, el hombre llega hasta ella y le muestra el papel con un ramalazo de orgullo pintado en la cara. Es la factura de un almacén de electrodomésticos. Acaba de comprar la primera nevera propia de su vida. Es uno de los agricultores caseros inscritos en el programa de patios productivos. El sol se derrite como plomo sobre el sector de Rafael Núñez, en el barrio Olaya Herrera de Cartagena. Allí vive el hombre de la nevera con su mujer y dos nietos Por fin vamos a tomar agua helada –dice él, doblando la papeleta, y se la guarda en el bolsillo de la camisa. Es su trofeo.Estamos en mitad del cordón de miseria que rodea a Cartagena, al pie de la ciénaga de La Virgen, y aquí solo abundan dos cosas: la pobreza y las antenas de televisión. Al frente de nosotros, en la esquina, hay una pared de tablas con un letrero que dice: ‘Se vende desayuno y neumáticos’. Se llama Elena Mogollón Vélez, pero medio mundo la conoce simplemente como Elenita. Estudió fotografía en Nueva York y hasta hoy ha publicado tres libros. Hace diez años exactos, estaba un día en la casa solariega de su familia, echada en una hamaca, reposando el almuerzo, adormecida por la sopa de calor del mediodía. Se puso de pie porque, de repente, le habían entrado remordimientos. “Yo aquí, meciéndome”, se dijo, “y tanta gente que se muere de hambre”. Fue a los extramuros y creó una fundación llamada Granitos de Paz. Consiguió una casa humilde en el mismo barrio y le puso un letrero en la puerta: ‘Nuestros propósitos son sueños, pero tienen fecha de vencimiento’. No voy a echar el cuento completo porque no me alcanzaría la crónica entera y yo vine fue a hablar de los patios. Baste decir que, a la entrada, veo a los médicos que reciben a madres y niños en las guarderías de Bienestar Familiar. Construyeron un club social para los ancianos. Crearon una escuela de modistería para las mujeres. Tienen dos colegios con más de 600 muchachos. Hay una panadería que no solo le da comida al vecindario, sino que tiene clientela propia. Les enseñaron a bailar porque la vida también tiene su lado amable. Hoy asisten a cursos de computadores, de pintura, de mecánica, de belleza femenina. Se pasan el año vacunando a los niños.Pero tengo que apurarme, porque yo lo que quiero es contarles el cuento de los patios sembrados de hortalizas, una de las mejores ideas que he visto en mi vida. Ahí voy.
Elena Mogollón, alta y resuelta, se detiene en seco ante los gritos. Resollando, el hombre llega hasta ella y le muestra el papel con un ramalazo de orgullo pintado en la cara. Es la factura de un almacén de electrodomésticos. Acaba de comprar la primera nevera propia de su vida. Es uno de los agricultores caseros inscritos en el programa de patios productivos. El sol se derrite como plomo sobre el sector de Rafael Núñez, en el barrio Olaya Herrera de Cartagena. Allí vive el hombre de la nevera con su mujer y dos nietos Por fin vamos a tomar agua helada –dice él, doblando la papeleta, y se la guarda en el bolsillo de la camisa. Es su trofeo.Estamos en mitad del cordón de miseria que rodea a Cartagena, al pie de la ciénaga de La Virgen, y aquí solo abundan dos cosas: la pobreza y las antenas de televisión. Al frente de nosotros, en la esquina, hay una pared de tablas con un letrero que dice: ‘Se vende desayuno y neumáticos’. Se llama Elena Mogollón Vélez, pero medio mundo la conoce simplemente como Elenita. Estudió fotografía en Nueva York y hasta hoy ha publicado tres libros. Hace diez años exactos, estaba un día en la casa solariega de su familia, echada en una hamaca, reposando el almuerzo, adormecida por la sopa de calor del mediodía. Se puso de pie porque, de repente, le habían entrado remordimientos. “Yo aquí, meciéndome”, se dijo, “y tanta gente que se muere de hambre”. Fue a los extramuros y creó una fundación llamada Granitos de Paz. Consiguió una casa humilde en el mismo barrio y le puso un letrero en la puerta: ‘Nuestros propósitos son sueños, pero tienen fecha de vencimiento’. No voy a echar el cuento completo porque no me alcanzaría la crónica entera y yo vine fue a hablar de los patios. Baste decir que, a la entrada, veo a los médicos que reciben a madres y niños en las guarderías de Bienestar Familiar. Construyeron un club social para los ancianos. Crearon una escuela de modistería para las mujeres. Tienen dos colegios con más de 600 muchachos. Hay una panadería que no solo le da comida al vecindario, sino que tiene clientela propia. Les enseñaron a bailar porque la vida también tiene su lado amable. Hoy asisten a cursos de computadores, de pintura, de mecánica, de belleza femenina. Se pasan el año vacunando a los niños.Pero tengo que apurarme, porque yo lo que quiero es contarles el cuento de los patios sembrados de hortalizas, una de las mejores ideas que he visto en mi vida. Ahí voy.
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