El alcalde Gustavo Petro socializó el tema de la peatonalización de la carrera 7.ª el pasado miércoles y ya anunció que los trabajos arrancan este lunes. Tanta precipitud, imagino, se debe a que la tiene clara: acogió los argumentos de la gente, se corregirán los errores de la improvisación que existe actualmente, no lamentaremos el resultado final y los bogotanos tendremos un espacio para disfrutar.
Si no es así, si la socialización de un día era puro contentillo porque ya tenía decidido hacer la obra a su real saber y entender, entonces no esperemos mucho de la intervención urbanística de la vía insigne de Bogotá.
Todo lo que signifique colocar al ciudadano por encima de cualquier sistema de movilidad y generarle espacios para que se los apropie y los comparta con su familia debe ser recibido con beneplácito. Es lo que hacen las ciudades modernas, bien gobernadas y, ante todo, bien planeadas.
Ahora bien, no son pocos los desafíos que impone la peatonalización del primer tramo de la vía. Lo primero que hay que garantizar es una intervención del espacio público en donde ganemos todos y no unos cuantos. Lo segundo, debe brindar condiciones para aprovechar el entorno, que revitalice el comercio organizado y cree oportunidades de trabajo dignas. Y tercero, la 7.ª peatonal debe ser un espacio seguro, limpio, bien iluminado, embellecido en sus fachadas históricas y que den ganas de visitarlo, de recorrerlo sin prejuicios y sin temor a ser abordado por una barahúnda de venteros, habitantes de la calle, embestidos por algún ciclista que no respete la ciclorruta o atacados por algún ladrón agazapado.
Para decirlo en términos claros: si vamos a peatonalizar la carrera 7.ª, que se note. Que se note la plata que vamos a poner todos; que se note que no hacemos semejante inversión –más de 11.000 millones de pesos– para que las cosas sigan igual; que se note que la Administración planeó y no improvisó; que se note que tenemos un alcalde con autoridad para imponer el orden, que no se escuda en un discurso populista sino en un discurso realista, dispuesto a gastar su capital político en aras de un proyecto de beneficio general...
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