Germán Arciniegas desandó el camino de su infancia en un texto autobiográfico que permanece inédito en la Biblioteca Nacional, que guarda casi todo su archivo.
Allí, el historiador, ensayista y político bogotano, quién vivió casi todo el siglo pasado (1900-1999), de repente pierde todo el rigor histórico, que exige fechas precisas y entonces el único tiempo que transcurre es el de su infancia: la Bogotá del tranvía jaloneado por mulas, del domingo de sombrero y del Gun Club. Así mismo viven los recuerdos de una sabana blanca, neblinosa.
Sin el temor a caer en la sensiblería, Arciniegas mezcla una ternura descriptiva con un difícil ejercicio de la nostalgia, que busca recuperar el tiempo perdido. Es un inventario muy personal de una ciudad que vio transformarse poco a poco.
El texto, titulado ‘Recuerdos de mi infancia’, está dividido en capítulos breves, como fogonazos de la memoria, en los que se encuentran incluso mapas gastronómicos de la sabana.
El texto, titulado ‘Recuerdos de mi infancia’, está dividido en capítulos breves, como fogonazos de la memoria, en los que se encuentran incluso mapas gastronómicos de la sabana.
“A Soacha se va, a Soacha se conoce, por las garullas y las almojábanas; Zipaquirá es la patria de los caramelos, de las papas rucias y de las cuajadas en melao; en Mosquera son los masatos; en Facatativá, los pandeyucas; en Serrezuela, las obleas. En Bosa la chica brava”, relata el político, que más adelante hace una oda al chicharrón, que cuando está bien hecho “se deshace en la boca como un regalo de los dioses”.
Todo en el libro es nostalgia por algo; por las formas del paisaje, por las simples diversiones de entonces, por su familia.
“Los tranvías no llegaban al cementerio. De las tapias del cementerio para abajo, todo eran potreros hermosísimos... Conocíamos todos los cerros por sus nombres. Los de Serrezuela y el Tablazo, cerro Cuadrado y el Majuy, las lomas de Suba con su arbolito solitario”.
“Los tranvías no llegaban al cementerio. De las tapias del cementerio para abajo, todo eran potreros hermosísimos... Conocíamos todos los cerros por sus nombres. Los de Serrezuela y el Tablazo, cerro Cuadrado y el Majuy, las lomas de Suba con su arbolito solitario”.
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